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domingo, 20 de enero de 2019

CINTURONES NEGROS EN MURCIA



El pasado sábado acudimos al Ichiban Dôjô de Murcia para el entrenamiento mensual de cinturones negros con el sensei Luís Nunes.

Durante algo mas de dos horas estuvimos analizando los movimientos y la ejecución de los kata Seipai y Sanchin. Como siempre nos hemos traído nuevos aspectos para entrenar.

La sesión terminó con Hojo Undo.




Se dio la circunstancia de que al día siguiente era el cumpleaños de sensei Luís, y durante el almuerzo en común aprovechamos para celebrarlo.




















Sensei preparándose para apagar las velas mediante tsuki
Y llego la hora de los regalos





Baldomero nos obsequio a todos con algunos chistes de su  repertorio

Es un privilegio poder contar con sensei Luís Nunes y por ello cualquier ocasión es buena para expresarle nuestro respeto y afecto. ¡Felicidades Sensei!

Cristobal, Sensei Antonio Avila, Raúl y Baldomero con Sensei Luís Nunes en el Ichiban Dôjô
AMGK

domingo, 13 de enero de 2019

KAGAMI BIRAKI (鏡開き) 2019


De nuevo hemos comenzado el año con la primera práctica (Hatsu Geiko) y el tradicional Kagami Biraki, como una fiesta de gratitud, respeto y amistad en la que los participantes toman de nuevo consciencia de su compromiso en esforzarse y ayudarse mutuamente a través de la práctica.

Todos los cinturones negros asistentes ofrecieron una pequeña exhibición de kata (tokuigata) o bunkai en esta ceremonia, y así, de esta manera aportaron su esfuerzo para dar un mayor valor simbólico a la ocasión.


























El Kagami Biraki es una ceremonia tradicional japonesa que en la actualidad para los practicantes en este caso de Karate-dô, no tiene un carácter propiamente religioso, pues en su origen se dedicaba a los dioses solicitando buena fortuna y ofreciendo mochi y sake. También en la tradición samurai se aprovechaba el momento para limpiar armas y armaduras con el objeto de renovar sus votos y obligaciones para el año que comenzaba.


Esta antigua ceremonia es celebrada de manera distinta en cada dôjô de Budô, desde que en 1884 el fundador del Judô, el maestro Jigoro Kano, la incorporó en el Kodokan.


Deseamos a todos los budokas una práctica constante y enriquecedora en este nuevo año.

Antonio Avila


viernes, 4 de enero de 2019

MISOGI: Confieso que, hoy ha sido mi primera vez…


He de confesar que, rozando los cuarenta, lo he hecho por primera vez y hasta el final, con todas sus consecuencias.



¿Cómo ha sido mi experiencia?




Positiva, gratificante, enorgullecedora, saludable, emocionante, e incluso placentera. Después de posponer año tras año, a veces por motivos laborales, otras por no enfrentarme a mi temor a no realizar lo que he decidido hacer, por excusas que uno mismo se pone para no hacer, decir lo que realmente quiere o siente por motivos que ni uno mismo comprende cuando sólo, que sepamos, hay una única vida con un tiempo indeterminado pero finito.



En fin, lo primero sería tomar la decisión, la decisión de realizarlo, decir voy a hacerlo, y punto. Pase lo que pase, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas, has tomado la decisión y, no debe ser cambiada porque es tuya, te pertenece sólo a ti, y si no eres capaz de mantenerla, de materializarla, una simple decisión personal, vas por mal camino, porque te encuentras a merced de los otros, lo que los demás esperen, piensen, digan de ti, o no mucho mejor, a merced de tus propias excusas. No podemos someter la realización del ritual al estado anímico del momento como la motivación, la pereza, el creer no soportar el frío, no cumplir con las expectativas de los demás, o peor aún, al juez de la autoconciencia, a la autobiografía experiencial negativa, inundando tu ser a otra sensación de fracaso.

Antes de iniciar el ritual, las dudas te golpean, los para qué estoy aquí, el temor a no estar a la altura, y el frío, ¡ese frío que cala hasta los huesos!, pero que al mismo tiempo te conecta con tu vulnerabilidad y la Naturaleza, al despojarte, aunque sea por un breve espacio de tiempo, de las comodidades de la vida postmoderna, donde nos sentimos o creemos sentir, a salvo. Y este frío te recuerda que todos, absolutamente todos, somos iguales ante él.

Una vez tomada la decisión con antelación, e iniciado el misogi debes dejarte llevar por el ritual, y como siempre, apoyarte en tu modelo a imitar, el Sensei, que va un paso por delante, al conocer las reglas, el sentido y como persona que cohesiona al grupo y al acto en sí.


Durante el ritual, el frío te juega malas pasadas, incluso te hace temblar, a esto hay que sumarle los pensamientos, que por mucho que te diga el Sensei, hay que dejarlos pasar, no apegarse, no enfrentarse a ellos, los tienes de todos los tipos y colores, tirando para el morado, que creo que es el color del frío. Los quince minutos de meditación, sin poder moverse una vez colocados en la posición meditativa, se vuelven una eternidad, y la planta de los pies te recuerde que eres igual a los demás, pero la imagen que tienes ante tus ojos es impresionante, el mar calmado pero sin dejar de fluir, la supuesta constante orilla que con el vaivén de las olas va cambiando de forma imperceptible al ojo humano, como uno mismo con el paso del tiempo, lentamente pero sin pedir permiso ni perdón. El horizonte siempre distante e inalcanzable que te recuerdas que siempre debes tener uno hacia dónde mirar y caminar. El sonido del mar, que te acompaña en el ritual como una banda sonora perfecta. El viento, el frío viento que se cuela entre el Karate-gi y tu cuerpo susurrándote lo cómodo que estarías en tu cálida cama, lo absurdo de tener que pasar por todo esto, y alargando la distancia entre un segundo y el siguiente.

Al escuchar el sonido del cuenco tibetano que indica que finaliza la meditación, saludas al horizonte, agradeces que esté ahí para ti, y te levantas, no sin cierta dificultad, para realizar los 108 tsukis. 108, por lo visto un número sagrado, importante en la tradición oriental, en el budismo, que dice que tenemos 108 pasiones negativas, ¡108!. En nuestro estilo, qué bien suena, "nuestro estilo", hay un kata, el último que se aprende, que lleva su nombre Suparinpei, pero este kata no es mío, aún. Pero hay otro kata Sanseru (que sí es mío, o cada vez lo que repito se vuelve más mío, del mismo modo que deja de serlo al no practicarlo) y que significa 36 que multiplicado por 3 (pasado, presente y futuro) obtenemos de nuevo el 108. En fin, en cada tsuki, en cada golpe al aire, hay que hacerlo con la intención (kime), y fuerza, para expulsar, golpear, vencer a esas 108 pasiones negativas.



Tras los tsukis viene la parte más dura, más temida, más fría, pero a la vez más valiente, más significativa, más transformadora: meterse en el mar para realizar el acto de pureza de dejar atrás lo negativo del pasado (o las 108 pasiones negativas), experimentando el presente con el kata Sanchin y enfocarnos hacia un futuro lleno de un yo, más consciente. ¡He aquí mi primera vez!, veo al Sensei decidido, como poseído por el espíritu de una decisión tomada con antelación, dirigirse al agua, y lo sigo, más bien lo seguimos, sin dejar de perderlo de vista, con la visión periférica que se entrena con Saifa, mar adentro, hasta que se para y, se sumerge por completo en el agua para salir bautizado por el misogi. Lo imito, y totalmente mojados, iniciamos, todos, juntos, el kata Sanchin.

Durante la ejecución del kata, otra enseñanza del Sensei, conecta con tu chi, o era el ki sensei? Pero ¿qué ki?, ¿dejo de hacer el kata y lo busco? Y ¿dónde lo busco?, y si lo encuentro, ¿dónde lo guardo si el Karate-gi no tiene bolsillo? Seguro que se me ha mojado y ya no me sirve. Ya queda menos y lo estás logrando, juntos, lo estamos consiguiendo.

Al finalizar el kata, salimos caminando de espalda a la orilla (de espalda al pasado, a las 108 pasiones), sin dejar de mirar hacia nuestro horizonte, y manteniendo la atención en el presente para evitar no caernos. Fuera del mar, en la orilla, totalmente mojados, realizamos el segundo kata del año, Tensho. Nunca había hecho el kata con tanta dificultad como en ese instante, incluso el Sanchin dentro del mar no me supuso tanta dificultad como éste último.













Saludo final al horizonte y finalizado el misogi, a cambiarse el karategi empapado para comernos unos churros con su con su chocolate calentito. ¡Cómo suena ahora la palabra calentito! Adquiere un significado más profundo.

Evaluación final del Misogi

Curiosamente durante todo el día me he sentido más enérgico físicamente, con mucha vitalidad y más despierto mentalmente, más despejado, con la satisfacción de haber conquistado un logro más en la vida, de superar la pequeña espina de no enfrentarme al ritual del misogi.
El misogi a simbolizado para mí (junto con el año nuevo), un momento idóneo para reflexionar sobre lo que has estado haciendo en tu vida, lo que haces en tu presente, con un sentido crítico, sin ser demasiado duro con uno mismo, y hacia dónde se dirigen tus acciones y pensamientos futuros, acercándose o no, hacia lo que en otro presente, te gustaría recordar como hoy hago. Y en ese recuerdo y presente, se encuentra continuar, a ser posible sin interrupciones, mi práctica en el Karate tradicional, con la guía insuperable de mi Sensei, con el aliento de mis senpais y la compañía de mis compañeros de viaje.
No debo olvidar que el misogi es un acto en grupo, y que gracias al grupo se presenta la posibilidad de realizarlo, por eso quiero agradecer a mis senpais como a mis compañeros karatekas, esta oportunidad de mejorar mi yo presente.

Por supuesto, a uno de mis mentores, el Sensei Antonio Ávila, al que le agradezco sus enseñanzas no sólo en el ámbito del Karate tradicional okinawense. Como ayer, hoy y siempre, ¡Arigato gozaimasu Sensei!

Nota: hoy también ha sido la primera vez que escribo en el blog de forma oficial, formal.

David Lucas Lobato

domingo, 16 de diciembre de 2018

CENA DE NAVIDAD 2018



Ayer celebramos la cena de Navidad. Un año mas que se acaba y que culmina con esta reunión de amigos. Un año fructífero en el que hemos entrenado juntos, asistido a cursos y organizado todo tipo de actividades.


He de agradecer a todos mis alumnos la confianza que depositan en mi y el cariño que  me transmiten en ocasiones como esta. También por todo aquello que aprendo de ellos tanto dentro como fuera del tatami. Unas veces por lo que me enseñan directamente y otras por los retos que plantean haciendo que me mantenga atento y activo en mi propia instrucción.
Recibiendo regalos. Gracias por el esfuerzo de todos.











Carolina me dedicó unas bonitas palabras

















Son el alma del dôjô y cada uno da su especial aportación para convertirnos en el fantástico y variopinto grupo que somos.

Este año de nuevo hemos crecido, tanto en número como en experiencias, lo que nos mantiene en movimiento y motivados para seguir caminando.
José Antonio y su diploma que le acredita como el alumno que mas
ha entrenado en el año.

Si quieres hacer algo rápido es mejor hacerlo solo, pero si quieres hacer algo grande es  mejor hacerlo con otros.  Nosotros ya tenemos algo grande y gracias al apoyo mutuo, cada uno podrá llegar tan lejos como se proponga tanto en el Karate como en el camino vital que propone (Dô).

Decía un maestro que tener amigos y discípulos te da la gran oportunidad de tocar el corazón de los demás con el arte del Karate-dô, pero sobre todo, de conocerte a ti mismo.

De nuevo, gracias a mis alumnos y amigos por este año redondo y vamos con fuerza a por el que viene. Ganbatte!!!












domingo, 2 de diciembre de 2018

ENCUENTRA TU IKIGAI EN EL DÔJÔ ( 生き甲斐)


Decía el maestro Shigeru Egami “Me gustaría enseñar a la gente que no pueda encontrar el sentido de la vida, a los que están pasando la vida sin hacer nada, que hay un camino como este” (Karate-do sen mon kai ni okuru, Kudansha, Tokyo, 1970)


La palabra Ikigai puede ser traducida como “lo que tiene valor en la vida”, por lo que realmente vivimos. Ya sabemos que al ser preguntados por ello hay cosas evidentes o solo políticamente correctas para contestar: los hijos, el trabajo, el amor, etc. Pero la contestación no viene de lo evidente sino de una profunda y continuada observación y reflexión sobre nuestras vidas. Quizás lo que nos hace felices sea una actividad “sin importancia” o “sin provecho”, o una “gran empresa”.   Son “actividades”, porque necesitan actividad, hay que practicarlas de forma que cuerpo y mente se fundan por completo, unificándonos, haciéndonos vivir en el presente, donde el tiempo deja de tener sentido.

Decimos que nuestro objetivo en la vida, lo que todo el mundo busca, es la felicidad. Pero ¿que cosas nos hacen realmente felices? Por otra parte la felicidad no es un estado permanente sino una tendencia que depende principalmente de nuestra actitud.

Para reconocer lo que nos hace felices y hallar los recursos necesarios para mantener esa tendencia a ser feliz, puede ser de ayuda nuestra práctica del Karate-dô. Porque al dôjô de Karate no solo venimos a aprender a defendernos, venimos a aprender cosas de la vida.
Un dôjô (literalmente “el lugar del camino”) es un lugar donde cada uno de sus miembros son parte de él y así lo sienten, hasta el extremo de que el dôjô se encuentra donde ellos estén. Como en una familia, se celebran los grandes o pequeños logros de todos, pero también las pequeñas cosas como compartir una cerveza, una conversación o hacer una fiesta por la entrada de la primavera. También se comparten las dificultades en la práctica y, en la medida de cada cual, las de la vida cotidiana. Igual podemos pedir consejo para mejorar la práctica como para resolver un problema. Pues como decía el maestro Funakoshi, no debemos pensar que el Karate está solo en el dôjo. 

El reunirse para sudar y esforzarse juntos en las sesiones de práctica crea un gran espíritu de colaboración mutua. Las experiencias en el tatami dan un grado de confianza que ni siquiera se consigue con muchos de nuestros familiares y amigos. Con asiduidad se comparten y se trabaja la gestión de todo tipo de emociones y estados de ánimo como el miedo y la inseguridad, la alegría, la satisfacción, la auto-superación, la pereza, la motivación...














Las sensaciones del entrenamiento deben lograr un balance positivo, aunque no siempre estén exentas de mucho esfuerzo y perseverancia, e incluso a veces de sufrimiento y dolor, pues no hay equilibrio si solo buscamos la experiencia de lo positivo y agradable. En la tradición zen se dice que no debemos perseguir un objetivo o un provecho en el entrenamiento (mushotoku), ni juzgarlo como bueno o malo, solo realizarlo de manera sincera estando presente, disfrutando el momento. A un buen amigo le preguntaron el porqué practicaba el arte de desenfundar el sable (Iaidô) si en la sociedad moderna era algo inútil. A lo que él le contesto: “Pues por eso”. El Iaidô, como el Karate en alguno de sus aspectos, es un arte practicado por sí mismo, que ayuda a “cortar” los objetivos del ego y que se disfruta al margen de que no tenga sentido o valor para otros o que no tenga reconocimiento social. Pero aún así, hay siempre un sustrato de disfrute y satisfacción personal que nos motiva.
Un elemento importante del dôjô es el Sensei. La palabra sensei significa literalmente “el que ha nacido antes”, actualmente mas en el sentido de que ha comenzado antes en el camino del Karate. Su papel tiene que ver en primer lugar con la motivación de los alumnos, acompañándolos en su recorrido y planteándoles nuevos retos. En un arte eminentemente práctico su experiencia es fundamental pues nadie da lo que no tiene, ni enseña lo que no sabe. Cohesiona el dôjô siendo uno de los puntos de referencia donde todos pueden ver un ejemplo de lo que dice. El sensei mantiene su “espíritu de principiante” (soshin) aprendiendo siempre de sus alumnos y de sus maestros, pues no se puede hacer algo grande solo, y no  venimos al mundo a competir, sino a ayudarnos los unos a los otros. Aprecia y hace apreciar el esfuerzo tanto de los superdotados como el de los menos dotados, así como el valor de las tareas o habilidades mas simples cuando son llevadas a la perfección. El sensei no busca de sus alumnos ningún reconocimiento, son estos los que le ofrecen su respeto por lo que ven en él. El sensei quiere para sus alumnos lo mismo que para él: Personas cuya presencia no se note, pero su ausencia se sienta.
“Ichi go, ichi e” es una frase proveniente de la ceremonia del té (Cha no yu) que reza: “una vez, un encuentro”, en referencia a la importancia de cada instante al no ser este repetible. En la práctica del Karate-do se necesita esta actitud especial. Es necesaria la búsqueda de la plena consciencia en lo que se hace, primero en el dominio de nosotros mismos (el objeto principal de estudio) atendiendo a nuestros aspectos físicos, técnicos y mentales (shin-gi-tai), condición indispensable para poder dominar a un oponente en un combate o en cualquier aspecto de la vida ("Conócete primero, luego conoce a los demás".). Por ello todo lo que hacemos, hasta el más mínimo detalle, hasta algo que puede parecer sin importancia, puede convertirse en un apasionante trabajo. Así, en Japón, actividades tan simples como preparar un té, han llegado a la categoría de camino espiritual.
“El estudio del Karate-dô es para siempre” . Esta es una frase recurrente en nuestra práctica. Tras muchos años en el Karate-dô cada vez es mas percibido por el karateka como un arte o una filosofía práctica, de hacer lo que decimos, lo que tiene mucho que ver tanto con su grado de conocimiento y dominio, como con la profundidad de su práctica. El Karate-dô nos hace adquirir una serie de hábitos que nos motivan a mantener nuestra actividad y a disfrutarla hasta el final de nuestros días, dando sentido a todos los estadios de la vida. Al principio la motivación está en el aprendizaje, independientemente de la edad a la que se comience y de las expectativas que se tenga al hacerlo. Al final, en devolver el esfuerzo invertido por nosotros y por otras muchas personas en nuestra instrucción, influyendo en el ambiente de los demás a través de nuestra actitud positiva ante la vida y la ayuda a los otros compartiendo nuestra experiencia. “Cambia el mundo, cambiando tu mismo”, es una máxima zen. Compartir con las siguientes generaciones trasciende la importancia de una persona y es un generoso acto que puede convertirse en Ikigai.
En japonés la práctica se denomina “keiko”, que se traduce como “reflexionar sobre el pasado”. Cuando solo miramos hacia delante creamos un mundo de inseguridades, pues no sabemos porque pasan la mayoría de las cosas. Pero si miramos hacia atrás con atención conoceremos el porqué. Todas las acciones en Karate, empiezan y terminan con un saludo (rei). Un saludo consciente que reconoce que presto toda mi atención al otro, a los objetos de entrenamiento o al dôjo mismo. Es el reconocimiento de que son dignos de respeto, pero también simboliza que comenzamos las cosas adecuadamente, al igual que las finalizamos, pues lo que mal empieza...

Cada sesión de Karate empieza y termina con mokuso, “mirar en silencio hacia el corazón”. Es un momento meditativo, de concentración interior, que nos desconecta de la carga mental que traemos y nos da un ritmo mas pausado y natural. Porque el Karate se hace de forma continua y pausada, aunque las sesiones puedan ser intensas. El Karate es como el agua hirviendo; si no la mantienes al fuego, se enfría. No se practica con una visión de corto plazo para satisfacer necesidades inmediatas como nos tiene acostumbrados la sociedad actual.
El Karate se puede seguir practicando aunque no tengas grandes cualidades, aunque no llegues a conseguir un alto grado, siempre alguna razón te mantiene y te da motivos para estar orgulloso de tu trabajo, pues estás en un medio en el que ves que las reglas que determinan el éxito o el fracaso no dependen de lo que crean los demás, y no te evalúas en función de conseguir objetivos sino de mantenerte en el camino. Dicen los psicólogos que la gente feliz planifica acciones, no resultados. También descubrimos que nuestro grado de Karate, nuestra posición social, nuestro poder económico o nuestro aspecto físico, no representan lo que uno verdaderamente es.  Todos en el dôjô merecemos el mismo respeto y aceptamos nuestro lugar en él con humildad, entendiéndola no como la creencia de que uno es menos, sino como la de que tampoco somos más.

En Karate entrenamos descalzos. Aunque lo hacemos en el medio seguro de un dôjô, nos desplazamos sintiendo el suelo bajo nuestros pies, como un regreso a nuestros orígenes. ¿Desde cuándo no andas descalzo? Es frecuente el llevar nuestra práctica a la playa o la montaña donde elementos como la respiración, las sensaciones y la concentración se integran con la Naturaleza. La total desconexión con el medio natural o solo “de visita” nos priva de un gran elemento de disfrute vital. Reconectar con la Naturaleza, es reconectar con nuestra propia naturaleza.
Dice un proverbio zen que  el propósito de aprender, es poner en práctica lo aprendido, por ello el Karate-dô “tradicional” por contraposición al deportivo, pone especial énfasis en estas cuestiones mas que en la defensa personal en sí, aunque no siempre son evidentes para todos los alumnos, pues es importante el nivel de comprensión de cada cual.  Si el objetivo  de la enseñanza es pelear o competir, el entrenamiento va dirigido a este fin, pero si el objeto de estudio somos nosotros mismos, el entrenamiento es diferente, y esto es lo que diferencia al Karate llamado tradicional.
Por todo esto creo que el dôjo es un lugar adecuado para la búsqueda del Ikigai personal, da herramientas para encontrarlo sea dentro o fuera del Karate-dô. El éxito en tu vida depende principalmente de tu actitud ante ella, no de tu “éxito” profesional, al igual que en el dôjô depende de la que tengas en la práctica diaria no del cinturón que luzcas.


Y hagas Karate-dô o no, recuerda que sonriendo siempre se aprende más.

Así que, ¿a qué esperas para buscar tu Ikigai?


Antonio Ávila